El otro día quedé con la gente con la que estudié hace… ¿10 años ya? Dos de las chicas están embarazadas y otra de ellas nos contó que se casa, así que, sin poder evitarlo, una de mis amigas se volvió y me preguntó: “¿y tú qué? ¿no tienes nada que contar?”.
Hoy me llamó una amiga con la que hacía meses que no hablaba. Ha aprobado unas oposiciones y al final de la conversación llegó la fatídica pregunta:
- “¿Y tú qué?”
- “Yo… igual que siempre, no tengo nada que contar.”
Y lo cierto es que no, no tengo “nada que contar”. Pasan los días y todo es más o menos igual: me levanto, trabajo (a veces más, a veces menos), como, trabajo, salgo a tomar algo o a comprar, vuelvo a casa, mi bola de pelo blanco se planta en mi regazo y fin del día. Los fines de semana voy o vienen, salimos a cenar, a tomar algo, hablamos de todo, reímos, dormimos juntas y el domingo o el lunes por la mañana, nos separamos hasta el viernes siguiente. Y así un día, y otro, y un mes, y un año… y ya van casi cuatro.
Y no, no tengo “nada que contar”. A veces me siento un poco mal por no tener ningún “meganoticióndelsiglo”, ninguna novedad impactante de estas que le gustan a la gente:
“¿Y no habéis pensado en vivir juntas?”
“¿Y no os vais a casar?”
“¿Y no queréis tener hijos?”
¿Por qué todo el mundo hace las mismas preguntas? ¿Es que acaso no estamos “completas” si no hacemos ninguna de esas tres cosas? ¿Y después qué? ¿Se acabaron las novedades otra vez y nos tenemos que inventar alguna?
Noto la sorpresa en los ojos después de mis respuestas a cada pregunta. Y no lo entiendo. No entiendo cómo hemos llegado al punto en el que todo el mundo piensa que hay que seguir una serie de reglas, que hay que hacer una serie de cosas a unas ciertas edades. Ya de entrada, mi pareja no es convencional, es una mujer, igual que yo, ¿por qué entonces debemos seguir la convencionalidad del resto de la sociedad casándonos, teniendo hijos, casa, perro y jardín? ¿Por qué si no contamos algo así no hay nada?
¿Y qué pasa con lo realmente importante? Con lo importante de verdad. Qué pasa con los buenos momentos con los amigos, con las miradas de “no me digas más, sé lo que piensas”, con los besos de buenas noches, con los cafés y las cenas. Qué pasa con tus sonrisas por la mañana, con los desayunos de tostadas con tomate y aceitito rico, con las onomatopeyas, con los cafés del Starbucks, con las bromas privadas (las de dos, como en la canción), con los bailes en la cocina, con los planos de casas nuevas, con los viajes por media España (y lo que te rondaré, morena), con los ataques de risa que no podemos parar, con las pelis con sofá, manta y gato, con tu calor cada noche (estés o no estés).
Qué pasa con aquello que no se puede contar y que realmente da la felicidad.
Voy a cumplir 35 años en unos días. Viviremos juntas cuando podamos, no queremos tener hijos y no nos casaremos (aunque estoy intentando convencerla de que Las Vegas sería divertido). Puede que parezca que no tengo nada que contar, pero si empezara no pararía.
Es sencillo, creo.