Muchas veces me pregunto cuál es la tecla que se marca en mi cerebro para obligarme a abrir una hoja en blanco y ponerme a escribir. Pueden pasar años sin una sola letra, y puedo llegar a tener tantas letras acumuladas que me pasaría el día escribiendo. Tanto tiempo desde que me conozco y todavía no sé cuál es ese “click” que inicia el despertar.
Hace días (¿meses?) estuve a un “tris” de ponerme. Aniversario del libro naranja, palabras que siguen resonando, blogs olvidados, blogs que continúan… Pero no lo hice. Me conformé con abrir el libro, el firmado por todas aquellas a las que conocí, leer las dedicatorias, abrir al azar alguna página, buscar las fotos de aquellos días, y sonreír. Éramos tan jóvenes… Alguna apenas llegaba a los 20, alguna despertaba en ese momento. Quién me iba a decir entonces que 10 años después pasaría una vez por semana por la puerta del restaurante donde cenamos ese día.
Hace días (¿meses?) leí a la detective, y la recordé sentada en la Fnac, leí a la niña nube, y la recordé volviendo de Madrid con Lambita, a la Editora y recordé su carrito lleno de libros. Recordé las presentaciones, el metro de Barcelona, sus calles, Madrid, el corrillo de blogueras fumando en la puerta del restaurante, Soria, las bombillas… Leí comentarios de las “blogueras antiguas” (como dice Elenita), de esas que me hacían permanecer delante del PC hasta las mil de la mañana leyendo, independientemente de si al día siguiente madrugaba o no. Recordé los “atracones” de blog cuando leía algo que me gustaba y no podía parar hasta que no leía todo. Recordé la casa de mis padres, los posts en mi antigua – antigua empresa, el Messenger, el emoticono del diablillo, los conciertos de Tiza.
Y sin embargo, hace días (¿meses? ¿en serio?) no encontré el momento. Pero lo encuentro ahora.