25 mar 2013

Hoy tengo ganas de contar historias


Tenía la edad de la inocencia, o quizá algo más, cuando le conocí. Su pelo era negro y ensortijado y, pese a la juventud, al mirarlo se sabía perfectamente que en poco tiempo dejaría de estar ahí. Su voz era grave, su espalda ancha y sus ojos sinceros. Siempre tenía una risa en la punta de la lengua y una palabra amable para quien quisiera escucharla. No sé cuándo me di cuenta de que le sentía distinto. No sé en qué momento empecé a imaginarme sus besos. Pero lo hice, y eso marcó un antes y un después.

Le convencí. A veces se me da muy bien. Le convencí de que, si no era la mujer de su vida, me acercaba bastante.

Nuestro primer beso fue en un compartimento del tren nocturno que nos llevaba de vuelta a casa. Sabía a chicle de hierbabuena y a verano. Después, las vacaciones impusieron su distancia, y yo intenté llenar los huecos con largas cartas que aún no sé si leería. Porque, queridos niños, entonces no existían los mails, ni los whatsapp, y todo sentimiento siempre llevaba un sello con tu ADN.

Después de una eternidad, volvimos a vernos en Septiembre. Y retomamos aquello que empezamos entonces. Pero la lluvia y el otoño sólo dan pie a la melancolía.

Recuerdo sus lágrimas. Su impotencia. Me dijo palabras que, por sinceras, no podían ser más horribles. Podría engañaros y decir que no recuerdo mayor dolor, pero no miento si os digo que fue el primer dolor de desengaño.

Tardé poco en perdonarle. Mucho más en olvidarle.


Todos los años, mientras los niños van cantando números y sale gente brindando y besando sus boletos, pienso en él, pienso que ya tendrá un año más, y recuerdo su olor, y la boca me sabe a hierbabuena.



20 mar 2013

Te canté


Me miraste y me pediste que te cantara, que te cantara aquella canción de la que ya habías olvidado la letra.

Cerré los ojos y recordé aquellos días donde mi vida giraba a tu alrededor. A mi mente vino tu cuerpo a mi lado, mis brazos rodeándote. Y te canté. Te canté quedo, como entonces, cuando no te dormías hasta que no te cantaba al oído. Cuando no te dormías hasta que mi voz no alejaba tus fantasmas.




14 mar 2013

Cuéntame un cuento


Me costaba dormir. Daba vueltas y más vueltas en esa cama demasiado grande y demasiado fría. A ratos me faltaba tanto el aire que tuve que levantarme a deambular por mi casa a oscuras. Me senté en mi sofá y me encendí un cigarrillo, uno de esos cigarrillos de desvelo que tanto me calman. Casi las dos de la mañana y al día siguiente el despertador no perdonaría. Miraba al infinito, sin pensar, sin sentir, simplemente inhalando y exhalando el humo. Y mi mente se llenó de mil imágenes en penumbra. Y la poca claridad que entraba por mis persianas, casi siempre bajadas, me devolvió ecos que no consigo olvidar. Ecos de palabras escritas y hechizos.

Y me volví a la cama y me conté historias. Y empecé un cuento para el que no encuentro aún un final perfecto, un cuento sobre castillos rodeados de espino, y meigas que intentan salvar miedos.

Me dormí en un momento.