Tenía la edad de la inocencia, o quizá algo más, cuando le conocí. Su pelo era negro y ensortijado y, pese a la juventud, al mirarlo se sabía perfectamente que en poco tiempo dejaría de estar ahí. Su voz era grave, su espalda ancha y sus ojos sinceros. Siempre tenía una risa en la punta de la lengua y una palabra amable para quien quisiera escucharla. No sé cuándo me di cuenta de que le sentía distinto. No sé en qué momento empecé a imaginarme sus besos. Pero lo hice, y eso marcó un antes y un después.
Le convencí. A veces se me da muy bien. Le convencí de que, si no era la mujer de su vida, me acercaba bastante.
Nuestro primer beso fue en un compartimento del tren nocturno que nos llevaba de vuelta a casa. Sabía a chicle de hierbabuena y a verano. Después, las vacaciones impusieron su distancia, y yo intenté llenar los huecos con largas cartas que aún no sé si leería. Porque, queridos niños, entonces no existían los mails, ni los whatsapp, y todo sentimiento siempre llevaba un sello con tu ADN.
Después de una eternidad, volvimos a vernos en Septiembre. Y retomamos aquello que empezamos entonces. Pero la lluvia y el otoño sólo dan pie a la melancolía.
Recuerdo sus lágrimas. Su impotencia. Me dijo palabras que, por sinceras, no podían ser más horribles. Podría engañaros y decir que no recuerdo mayor dolor, pero no miento si os digo que fue el primer dolor de desengaño.
Tardé poco en perdonarle. Mucho más en olvidarle.
Todos los años, mientras los niños van cantando números y sale gente brindando y besando sus boletos, pienso en él, pienso que ya tendrá un año más, y recuerdo su olor, y la boca me sabe a hierbabuena.

