23 may 2013

M.D.


Al año de comprar mi casa, cuando ya la obra estaba terminada y los obreros se habían ido, me acerqué un día simplemente para estar allí, yo sola. Recorrí la cocina, el salón… y cuando fui a entrar en mi habitación me encontré allí la maleta. Era negra, de las de antes, de las que parecen recién salidas de una película de Paco Martínez Soria. La miré. Estaba exactamente igual que la última vez que la había visto. Siempre llena de tornillos y clavos. Pero ya no estaba en la galería de la casa de mis padres, estaba allí, en mi casa. La puse con cuidado sobre una caja, acaricié sus iniciales doradas y la abrí. Destornilladores, martillo, gubias, alicates… hasta un detector de metales de esos que se utilizan para saber si puedes taladrar o no… Todo allí dentro, sin orden.

En aquel momento no le di importancia.

Hoy me lo imagino seleccionando entre sus herramientas aquellas que me podrían hacer falta. Cogiendo este destornillador que es más grande, con este de estrella, este pequeñito por si acaso… Una a una, todas esas cosas que habían estado en sus cajones las fue metiendo en la maleta que una vez fue de mi abuelo. Salió de su casa, vino a la mía, subió esas escaleras que ya no volverá a subir y la dejó en mi habitación.

Hoy esa maleta la valoro más que a nada. Siempre será el único regalo que me hizo mi padre.