Normalmente no lo pienso. He continuado con
mi vida, más o menos. Sigo trabajando, viajando, quedando con gente… con nueva
gente incluso.
Normalmente no lo pienso. Pero, a veces,
una tontería me trae de golpe un muro de recuerdos. Una foto tonta, sin ningún
dato concreto, un parque infantil con columpios… Y, sin quererlo, viajo a todas
las veces en las que me llamabas desde ese parque simplemente para oír mi voz. He
recordado cuando llovía y te refugiabas bajo un toldo, cuando te acercabas al
bar de la esquina a tomar café “conmigo”, o cuando me mandabas fotos de ese
mismo parque cubierto de nieve.
Y aunque normalmente no lo
pienso… cada uno de esos recuerdos que llegan de ninguna parte, me desangran.
Hace 8 años, a esta misma hora, escribía mi cuarto post... Cómo pasa el tiempo, por dios.
Cierro los ojos y recuerdo aquel día. Recuerdo aquel ordenador, la pantalla de tubo, la cena en una bandeja, mi habitación... recuerdo a mi madre asomándose para darme las buenas noches. Los minutos previos a cumplir 30 años.
Nunca pensé que alguien lo leería. Nunca llegué a imaginar que escribir en una pantalla blanca podría abrirme las puertas del mundo. Me han pasado tantas cosas gracias a este blog...
He tenido momentos mágicos y momentos pésimos. He ganado y he perdido. Descubrí conexiones que luego se olvidaron y tuve posibilidades que llegué a rozar con la punta de mis dedos. Algunos de los mejores momentos de todos estos años, los he vivido gracias a sentarme delante de un teclado y plasmar en palabras mis desordenados pensamientos.
Y de todo, de lo único que me arrepiento es de lo que no llegué a decir o lo que no llegué a demostrar.
A los que perdí: os echo tanto de menos, que no hay día que no me duela.
A los que gané: gracias por seguir sosteniéndome.
PD: Amicus Meus es la obra de Tomás Luis de Victoria que estaba estudiando para la coral el día que escribí mi primer comentario en un blog. La primera frase de esa obra dice:
Amicus meus osculi me tradidit signo. Mi amigo me entregó con la señal de un beso.
Hoy es uno de esos días en los que no me
concentro. Lo intento, intento prestar atención a los mismos problemas que me
plantean las mismas personas de siempre, intento escuchar sus historias
contables: que si sus balances, sus declaraciones, sus estupideces… Pero no
puedo, tengo un número metido en la mente. Dos dígitos son los que me impiden centrarme
en el mundo real. Dos dígitos que me recuerdan las consecuencias que sobre el
propio destino puede tener el miedo de los demás. Y siento que no debería estar
aquí, que en alguna realidad paralela está mi verdadera vida, la que tendría
que estar viviendo en este momento. Esa en la que las escaleras siempre llevan
a las nubes.
Ya no duermo a tu lado. Hace meses que no te rodeo por la
espalda y te cedo mi calor desde mi cama sin ti. Y, pese a todo, a veces, sólo
a veces, te acercas hasta mis sueños, me acompañas unos pocos instantes, me abrazas
y me recuerdas que me sigues queriendo…
Hay cosas que, no sabes por qué, pero
recuerdas. Son esas que se te quedan prendidas del pensamiento y no se sueltan,
como si vinieran de serie con uno de los imperdibles de tu madre.
Me gusta esa palabra… imperdible. Algo que
utilizas para no perder cosas… Qué bueno sería tener imperdibles de personas,
de momentos, de besos.
“Hola, buenos días. Quisiera una cajita de
imperdibles de lágrimas. Estoy intentando no ir dejándolas por los rincones,
¿sabe?”
La próxima vez, si es que existe, si es que
existes, haré exactamente lo mismo, paso por paso. Cumplí cada palabra que
dije, y ésta fue una de ellas, nunca me arrepentiré. Tú te arrepientes tanto
que te niegas lo que realmente pasó. Yo lo tengo cogido con un imperdible justo
debajo de mi ombligo.
De momento necesito echar
a andar unos minutos, a saltar incluso. Lo justo para ver si todo aquello que me diste se
pierde por fin.
“Cuando veas una pequeña luz brillar, ¡síguela! Si te dirige
al pantano, pues ya saldrás de él. Pero si no la sigues, toda tu vida vivirás
arrepentido, porque nunca, nunca sabrás, si esa… era TU estrella”
“Es muy tú”, dijiste, y mientras leía la primera página sólo
pude pensar: ojalá…
Ojalá pudiera ser tal cual me piensas, porque a veces creo
que me ves mucho mejor de lo que realmente soy. Ojalá pudiera verme así algún
día.
Y mientras doy vueltas por el pantano buscando esa pequeña
luz que a cada paso está más difusa, me repito que no me arrepiento como un
mantra. Sumo no-arrepentimientos, uno tras otro, sumo no-equivocaciones, sumo
no-palabras y no-abrazos, no-sonrisas y no-lágrimas. Y durante un segundo maldigo
las conexiones que me llevaron justo a este punto, esas conexiones que se crean
sin esperar y desaparecen contra mi voluntad.
Pero sólo durante un segundo…
Luego recuerdo cada pequeño instante irrepetible. Cada
nimiedad. Cada pequeño momento único con cada conexión única. Cuánto me gustaría
ser como me sientes, y nunca dejar de reír al viento.
Al año de comprar mi casa, cuando ya la
obra estaba terminada y los obreros se habían ido, me acerqué un día
simplemente para estar allí, yo sola. Recorrí la cocina, el salón… y cuando fui
a entrar en mi habitación me encontré allí la maleta. Era negra, de las de
antes, de las que parecen recién salidas de una película de Paco Martínez
Soria. La miré. Estaba exactamente igual que la última vez que la había visto.
Siempre llena de tornillos y clavos. Pero ya no estaba en la galería de la casa
de mis padres, estaba allí, en mi casa. La puse con cuidado sobre una caja,
acaricié sus iniciales doradas y la abrí. Destornilladores, martillo, gubias,
alicates… hasta un detector de metales de esos que se utilizan para saber si
puedes taladrar o no… Todo allí dentro, sin orden.
En aquel momento no le di importancia.
Hoy me lo imagino seleccionando entre sus
herramientas aquellas que me podrían hacer falta. Cogiendo este destornillador
que es más grande, con este de estrella, este pequeñito por si acaso… Una a
una, todas esas cosas que habían estado en sus cajones las fue metiendo en la
maleta que una vez fue de mi abuelo. Salió de su casa, vino a la mía, subió
esas escaleras que ya no volverá a subir y la dejó en mi habitación.
Hoy esa maleta la valoro más que a nada. Siempre
será el único regalo que me hizo mi padre.
Acabo de terminar un libro que empecé ayer. Un libro que,
aunque me llamó la atención la primera vez que lo vi, no quise leerme.
Pero entonces él, mi compañero, mi amigo, el que sabe mucho
más de todo que yo (salvo de la vida), me dijo que le había gustado (¡Oh! ¡Sorpresa!
¡Él leyendo estas cosas!). Dijo que el autor parecía que sólo escribía para
contar su filosofía de la vida, y sobre ella, montaba una historia. Que no
conocía a nadie que escribiera así salvo Milan Kundera. Esa comparación picó mi
curiosidad…
No diré que se ha convertido en uno de mis libros favoritos,
porque no sería verdad. Tampoco diré que tiene una historia increíble. Pero me
ha dado una gran verdad, y eso sí que se lo agradezco, y eso sí que creo que merece
ser contado:
“Querer es siempre más valioso que que te quieran. Querer
mueve y detiene mundos. Que te quieran si tú no quieres, te acaba aletargando.”
Albert Espinosa, “Si tú me dices ven, lo dejo todo… pero
dime ven”.
Así que he terminado de leerlo, en esa terraza que atesora
tantos recuerdos. Me he montado en mi coche, he vuelto a mi casa para escribir
esto, a ver si la magia del blog hace que no lo olvide, y he escuchado una y
otra vez la canción que últimamente hace que mi vida se levante y grite.
Es curioso cómo, a veces, la música te evoca sensaciones o personas. Es curioso cómo las canciones vuelven, se reinventan, dejan de guardar su significado original para pasar a formar tu propio significado.
Si busco conexiones en mi vida, siempre han estado ahí gracias a la música. Las conexiones son poderosas, pero las señales que te hacen activar esas conexiones, quieras o no quieras, son más poderosas aún. Son instantes que no se llegan a olvidar porque siempre formarán parte de las no-casualidades de tu vida. Porque, por mucho que intenten convencernos, las no-casualidades existen.
Las no-casualidades hicieron que te encontrara, hoy hacen que sepa que tengo que empezar a olvidarte.
Hace tiempo me enviaste una canción porque te recordaba a alguien, alguien que no era yo. Hoy esa canción me recuerda a ti, aunque nunca pensé que llegara a hacerlo.
A veces quiero que me leas la mente. Que entres dentro de mí, como siempre, y desgranes mi pensamiento. Otras veces me conformo con que te sientes frente a mí, separadas sólo por un café y el humo de un cigarro, y me sonrías. Las más de las veces, simplemente, lo quiero todo.
¿Qué escuchas si cierras los ojos? ¿Qué canción te ronda hoy?
O Vos Omnes, Pau Casals.
O vos omnes qui transitis per viam,
attendite et videte: Si est dolor sicut dolor meus.
Tenía la edad de la inocencia, o quizá algo más, cuando le conocí. Su pelo era negro y ensortijado y, pese a la juventud, al mirarlo se sabía perfectamente que en poco tiempo dejaría de estar ahí. Su voz era grave, su espalda ancha y sus ojos sinceros. Siempre tenía una risa en la punta de la lengua y una palabra amable para quien quisiera escucharla. No sé cuándo me di cuenta de que le sentía distinto. No sé en qué momento empecé a imaginarme sus besos. Pero lo hice, y eso marcó un antes y un después.
Le convencí. A veces se me da muy bien. Le convencí de que, si no era la mujer de su vida, me acercaba bastante.
Nuestro primer beso fue en un compartimento del tren nocturno que nos llevaba de vuelta a casa. Sabía a chicle de hierbabuena y a verano. Después, las vacaciones impusieron su distancia, y yo intenté llenar los huecos con largas cartas que aún no sé si leería. Porque, queridos niños, entonces no existían los mails, ni los whatsapp, y todo sentimiento siempre llevaba un sello con tu ADN.
Después de una eternidad, volvimos a vernos en Septiembre. Y retomamos aquello que empezamos entonces. Pero la lluvia y el otoño sólo dan pie a la melancolía.
Recuerdo sus lágrimas. Su impotencia. Me dijo palabras que, por sinceras, no podían ser más horribles. Podría engañaros y decir que no recuerdo mayor dolor, pero no miento si os digo que fue el primer dolor de desengaño.
Tardé poco en perdonarle. Mucho más en olvidarle.
Todos los años, mientras los niños van cantando números y sale gente brindando y besando sus boletos, pienso en él, pienso que ya tendrá un año más, y recuerdo su olor, y la boca me sabe a hierbabuena.
Me miraste y me pediste que te cantara, que te cantara
aquella canción de la que ya habías olvidado la letra.
Cerré los ojos y recordé aquellos días donde mi vida giraba
a tu alrededor. A mi mente vino tu cuerpo a mi lado, mis brazos rodeándote. Y te
canté. Te canté quedo, como entonces, cuando no te dormías hasta que no te
cantaba al oído. Cuando no te dormías hasta que mi voz no alejaba tus
fantasmas.
Me costaba dormir. Daba vueltas y más
vueltas en esa cama demasiado grande y demasiado fría. A ratos me faltaba tanto
el aire que tuve que levantarme a deambular por mi casa a oscuras. Me senté en
mi sofá y me encendí un cigarrillo, uno de esos cigarrillos de desvelo que
tanto me calman. Casi las dos de la mañana y al día siguiente el despertador no
perdonaría. Miraba al infinito, sin pensar, sin sentir, simplemente inhalando y
exhalando el humo. Y mi mente se llenó de mil imágenes en penumbra. Y la poca
claridad que entraba por mis persianas, casi siempre bajadas, me devolvió ecos
que no consigo olvidar. Ecos de palabras escritas y hechizos.
Y me volví a la cama y me conté historias.
Y empecé un cuento para el que no encuentro aún un final perfecto, un cuento
sobre castillos rodeados de espino, y meigas que intentan salvar miedos.
Es curioso cómo un simple mensaje de una
compañía telefónica puede ponerte un nudo en la garganta. Es un mensaje
rutinario que escribe una máquina y, sin embargo, tiene tanto significado para
mí como podrían tener miles de horas de conversación.
Y ya está. Definitivamente ya está. A las
13:48 del 27/02/13.
E intento mantener una cara totalmente
profesional porque estoy en el trabajo, mientras por dentro lloro. Lloro por
los tangos, los solsticios, las palomas blancas y todo eso que viví y que no
recuerdo, porque la memoria es traicionera. Y lloro por todas esas cosas que
siempre estarán conmigo y todas las que se fueron, y por echarte de menos, y
por echarte de más. Lloro por lo que nunca te dije, y por todo lo que dije y no
sentía realmente. Por las veces que no te di lo suficiente y por las que te di
demasiado, que fueron pocas. Y por impotencia, por cariño, por tristeza, por
añoranza… y por tantas cosas que intento no pensar.
Ayer estuve todo el día escuchando la misma
canción. Daba igual que tuviera los cascos puestos o no, daba igual que
estuviera en el coche con la radio, o por la calle hablando por teléfono, o en el supermercado comprando leche, o en
mi sofá viendo cualquier tontería. En mi mente se repetía la misma canción una
y otra vez.
Y es que tranquilamente
dejo mi puerta abierta, y será lo que tenga que ser.
A veces sólo es necesario un pequeño
detalle para que tu vida empiece a recuperar, poco a poco, los
colores. En mi caso, ha empezado por una pincelada de azul.
La vida no es más que un conjunto de
esperas. Cuando eres pequeño esperas cosas pequeñas, que lleguen las
vacaciones, el día de Reyes, que tu madre te deje gastarte la paga en el
kiosko, que la profesora odiosa se haya puesto enferma, que te elijan de los primeros
en puntos…
Cuando vas creciendo, las esperas se van
haciendo más duras, más dolorosas. A medida que los años pasan, te vas llenando
de más incertidumbres que hacen que la boca del estómago se vaya cerrando cada
vez más. Esperas un reconocimiento en el trabajo, o un trabajo que te haga
poder pagar las facturas. Esperas que todo el mundo a tu alrededor tenga salud
y sea eterno, esperas que no cambie nada, que las personas a las que quieres
sigan estando ahí, a tu lado, siempre. Esperas que te quieran, esperas ser especial,
único.
¿Qué se esperará cuando tienes 70 años?
¿Qué esperas mantendrán nuestras vidas?
Si nos fijamos bien,
esperar es lo único que hacemos, lo único que llena nuestros días y nuestras
noches.
Tengo retazos de sensaciones colgando de mi
mente, momentos desdibujados que me impiden distinguir los sueños de la
realidad.
Recuerdo mil pequeños detalles que me parecen tan imposibles que me
hacen dudar de si fueron ciertos. Recuerdo canciones mezcladas con sillas
vacías y sonrisas al verme. Recuerdo palabras hechas de silencios y noches en
vela. Recuerdo el cosquilleo en la yema de mis dedos que me dice que todo tiene
sentido. Recuerdo temblores que dejan en mi boca sabor a suspiro.
Y cada noche me meto en la cama, apago la
luz, cierro los ojos y sé que todo está ahí, tal y como lo dejé la última vez
que me dormí en tus brazos.
La paciencia no estaba en mí. No nací
cargada con reservas ilimitadas. La paciencia se fue creando durante años, años
que ya no son pocos. Se fue creando con las personas que me fui encontrando por
el camino, las situaciones que me rodearon y los momentos que viví.
Hoy mi paciencia puede llegar a ser infinita,
aunque poca gente lo crea. Hoy mi paciencia se estira como un chicle, me rodea
y a veces me calma.
Pero en ocasiones, cuando menos me lo
espero, me doy cuenta de que no está, de que se ha ido. Y la busco, y me
sorprendo, y me maldigo. Pero sigo sin dar con ella.
Entones me lleno de frustración y
desesperación, porque quisiera tener esa reserva que me hace ser mejor persona,
que me hace controlar la impulsividad con la que crecí.
El gris era el color de la nada, y cuando aparecía, el gris absorbía
mis sentidos y me dejaba vacía de sensaciones. Antes el gris venía de
improviso, pero se iba pronto. Era como si una mano invisible, sin avisar, sin
esperarlo, dejara caer sobre mí un cubo de pintura.
Nunca pensé que estaría conmigo tanto tiempo y no me daría
cuenta de que estaba ahí.
Es ahora, viéndolo en la distancia, cuando me maldigo por no
percatarme de la fina capa que se posaba sobre mí día tras día. No me di cuenta
de que dejé de escuchar música. No me di cuenta de que dejé de cantar. No me di
cuenta de que dejé de sonreír por cualquier cosa.
Y cada noche intento frotar esta capa que me envuelve y no
acaba de irse. Y a veces lo consigo. Pero a veces no. And so it is.
Es uno de mis primeros recuerdos. Siempre
me acercaba corriendo a aquella casa extraña, grande, recién salida de uno de
mis cuentos. Saltaba la valla y miraba los pájaros. No me sabía ni la mitad de
sus nombres, pero me daba igual. Los miraba unos minutos, me recreaba en
aquellos que más me gustaban y después... ¡¡después corría!! El frío en la
cara, en la boca, en los pulmones. Las hojas crujiendo bajo mis pies. El calor
de la bufanda, el abrigo, las manoplas. Correr alrededor de la casa de los
pájaros era lo único que merecía la pena en el mundo. Correr sin parar, sin
pensar, sin motivo, sin descanso, para siempre.
Lo bueno de tener un blog muerto es que, al cabo de dos años, ya nadie entra por aquí. Lo bueno de no actualizar nunca es que un día, cuando lo necesitas, la vía de escape que tenías hace tantos años, sigue esperándote.
Cada día tengo una nueva razón para estar triste, y una nueva para sonreír. Cada día me encuentro más sola y más acompañada al mismo tiempo. Pasan los años y descubro sonrisas nuevas, mientras que otras tengo que mantenerlas en el mundo de lo que un día fue y ya nunca volverá.
Tengo miradas en mi recuerdo, miradas que nacieron solo para mí. Tengo palabras que aparecen cuando las necesito, y pensamientos que siempre van camino de mi casa. Tengo muchas cosas, incluso vacíos que nunca se llenarán y palabras no dichas. Pero desde hace tiempo no tenía sensaciones. Se me escurrieron entre los dedos igual que se me escurrió el tiempo.
Y cierro con cuidado la puerta, mientras intento mantener la ventana abierta. Pero veo los nubarrones al fondo, y no sé si llegará la tormenta y tendré que cerrarla hasta que escampe. Y las nubes me dan miedo. Porque las chungas a veces también tenemos miedo, lo único que nos diferencia de los demás es que sabemos esconderlo mejor.
Pero cierro los ojos y veo mi colección de sonrisas, y miradas, y pensamientos… y me canto mentalmente sin embargos mezclados con lucías, cantos en los dientes y no puedo estar sin ti, y la angustia abandona mi casa por un segundo.