Es curioso cómo, a veces, la música te evoca sensaciones o personas. Es curioso cómo las canciones vuelven, se reinventan, dejan de guardar su significado original para pasar a formar tu propio significado.
Si busco conexiones en mi vida, siempre han estado ahí gracias a la música. Las conexiones son poderosas, pero las señales que te hacen activar esas conexiones, quieras o no quieras, son más poderosas aún. Son instantes que no se llegan a olvidar porque siempre formarán parte de las no-casualidades de tu vida. Porque, por mucho que intenten convencernos, las no-casualidades existen.
Las no-casualidades hicieron que te encontrara, hoy hacen que sepa que tengo que empezar a olvidarte.
Hace tiempo me enviaste una canción porque te recordaba a alguien, alguien que no era yo. Hoy esa canción me recuerda a ti, aunque nunca pensé que llegara a hacerlo.
A veces quiero que me leas la mente. Que entres dentro de mí, como siempre, y desgranes mi pensamiento. Otras veces me conformo con que te sientes frente a mí, separadas sólo por un café y el humo de un cigarro, y me sonrías. Las más de las veces, simplemente, lo quiero todo.
¿Qué escuchas si cierras los ojos? ¿Qué canción te ronda hoy?
O Vos Omnes, Pau Casals.
O vos omnes qui transitis per viam,
attendite et videte: Si est dolor sicut dolor meus.
Tenía la edad de la inocencia, o quizá algo más, cuando le conocí. Su pelo era negro y ensortijado y, pese a la juventud, al mirarlo se sabía perfectamente que en poco tiempo dejaría de estar ahí. Su voz era grave, su espalda ancha y sus ojos sinceros. Siempre tenía una risa en la punta de la lengua y una palabra amable para quien quisiera escucharla. No sé cuándo me di cuenta de que le sentía distinto. No sé en qué momento empecé a imaginarme sus besos. Pero lo hice, y eso marcó un antes y un después.
Le convencí. A veces se me da muy bien. Le convencí de que, si no era la mujer de su vida, me acercaba bastante.
Nuestro primer beso fue en un compartimento del tren nocturno que nos llevaba de vuelta a casa. Sabía a chicle de hierbabuena y a verano. Después, las vacaciones impusieron su distancia, y yo intenté llenar los huecos con largas cartas que aún no sé si leería. Porque, queridos niños, entonces no existían los mails, ni los whatsapp, y todo sentimiento siempre llevaba un sello con tu ADN.
Después de una eternidad, volvimos a vernos en Septiembre. Y retomamos aquello que empezamos entonces. Pero la lluvia y el otoño sólo dan pie a la melancolía.
Recuerdo sus lágrimas. Su impotencia. Me dijo palabras que, por sinceras, no podían ser más horribles. Podría engañaros y decir que no recuerdo mayor dolor, pero no miento si os digo que fue el primer dolor de desengaño.
Tardé poco en perdonarle. Mucho más en olvidarle.
Todos los años, mientras los niños van cantando números y sale gente brindando y besando sus boletos, pienso en él, pienso que ya tendrá un año más, y recuerdo su olor, y la boca me sabe a hierbabuena.
Me miraste y me pediste que te cantara, que te cantara
aquella canción de la que ya habías olvidado la letra.
Cerré los ojos y recordé aquellos días donde mi vida giraba
a tu alrededor. A mi mente vino tu cuerpo a mi lado, mis brazos rodeándote. Y te
canté. Te canté quedo, como entonces, cuando no te dormías hasta que no te
cantaba al oído. Cuando no te dormías hasta que mi voz no alejaba tus
fantasmas.
Me costaba dormir. Daba vueltas y más
vueltas en esa cama demasiado grande y demasiado fría. A ratos me faltaba tanto
el aire que tuve que levantarme a deambular por mi casa a oscuras. Me senté en
mi sofá y me encendí un cigarrillo, uno de esos cigarrillos de desvelo que
tanto me calman. Casi las dos de la mañana y al día siguiente el despertador no
perdonaría. Miraba al infinito, sin pensar, sin sentir, simplemente inhalando y
exhalando el humo. Y mi mente se llenó de mil imágenes en penumbra. Y la poca
claridad que entraba por mis persianas, casi siempre bajadas, me devolvió ecos
que no consigo olvidar. Ecos de palabras escritas y hechizos.
Y me volví a la cama y me conté historias.
Y empecé un cuento para el que no encuentro aún un final perfecto, un cuento
sobre castillos rodeados de espino, y meigas que intentan salvar miedos.
Es curioso cómo un simple mensaje de una
compañía telefónica puede ponerte un nudo en la garganta. Es un mensaje
rutinario que escribe una máquina y, sin embargo, tiene tanto significado para
mí como podrían tener miles de horas de conversación.
Y ya está. Definitivamente ya está. A las
13:48 del 27/02/13.
E intento mantener una cara totalmente
profesional porque estoy en el trabajo, mientras por dentro lloro. Lloro por
los tangos, los solsticios, las palomas blancas y todo eso que viví y que no
recuerdo, porque la memoria es traicionera. Y lloro por todas esas cosas que
siempre estarán conmigo y todas las que se fueron, y por echarte de menos, y
por echarte de más. Lloro por lo que nunca te dije, y por todo lo que dije y no
sentía realmente. Por las veces que no te di lo suficiente y por las que te di
demasiado, que fueron pocas. Y por impotencia, por cariño, por tristeza, por
añoranza… y por tantas cosas que intento no pensar.
Ayer estuve todo el día escuchando la misma
canción. Daba igual que tuviera los cascos puestos o no, daba igual que
estuviera en el coche con la radio, o por la calle hablando por teléfono, o en el supermercado comprando leche, o en
mi sofá viendo cualquier tontería. En mi mente se repetía la misma canción una
y otra vez.
Y es que tranquilamente
dejo mi puerta abierta, y será lo que tenga que ser.
A veces sólo es necesario un pequeño
detalle para que tu vida empiece a recuperar, poco a poco, los
colores. En mi caso, ha empezado por una pincelada de azul.
La vida no es más que un conjunto de
esperas. Cuando eres pequeño esperas cosas pequeñas, que lleguen las
vacaciones, el día de Reyes, que tu madre te deje gastarte la paga en el
kiosko, que la profesora odiosa se haya puesto enferma, que te elijan de los primeros
en puntos…
Cuando vas creciendo, las esperas se van
haciendo más duras, más dolorosas. A medida que los años pasan, te vas llenando
de más incertidumbres que hacen que la boca del estómago se vaya cerrando cada
vez más. Esperas un reconocimiento en el trabajo, o un trabajo que te haga
poder pagar las facturas. Esperas que todo el mundo a tu alrededor tenga salud
y sea eterno, esperas que no cambie nada, que las personas a las que quieres
sigan estando ahí, a tu lado, siempre. Esperas que te quieran, esperas ser especial,
único.
¿Qué se esperará cuando tienes 70 años?
¿Qué esperas mantendrán nuestras vidas?
Si nos fijamos bien,
esperar es lo único que hacemos, lo único que llena nuestros días y nuestras
noches.
Tengo retazos de sensaciones colgando de mi
mente, momentos desdibujados que me impiden distinguir los sueños de la
realidad.
Recuerdo mil pequeños detalles que me parecen tan imposibles que me
hacen dudar de si fueron ciertos. Recuerdo canciones mezcladas con sillas
vacías y sonrisas al verme. Recuerdo palabras hechas de silencios y noches en
vela. Recuerdo el cosquilleo en la yema de mis dedos que me dice que todo tiene
sentido. Recuerdo temblores que dejan en mi boca sabor a suspiro.
Y cada noche me meto en la cama, apago la
luz, cierro los ojos y sé que todo está ahí, tal y como lo dejé la última vez
que me dormí en tus brazos.
La paciencia no estaba en mí. No nací
cargada con reservas ilimitadas. La paciencia se fue creando durante años, años
que ya no son pocos. Se fue creando con las personas que me fui encontrando por
el camino, las situaciones que me rodearon y los momentos que viví.
Hoy mi paciencia puede llegar a ser infinita,
aunque poca gente lo crea. Hoy mi paciencia se estira como un chicle, me rodea
y a veces me calma.
Pero en ocasiones, cuando menos me lo
espero, me doy cuenta de que no está, de que se ha ido. Y la busco, y me
sorprendo, y me maldigo. Pero sigo sin dar con ella.
Entones me lleno de frustración y
desesperación, porque quisiera tener esa reserva que me hace ser mejor persona,
que me hace controlar la impulsividad con la que crecí.
El gris era el color de la nada, y cuando aparecía, el gris absorbía
mis sentidos y me dejaba vacía de sensaciones. Antes el gris venía de
improviso, pero se iba pronto. Era como si una mano invisible, sin avisar, sin
esperarlo, dejara caer sobre mí un cubo de pintura.
Nunca pensé que estaría conmigo tanto tiempo y no me daría
cuenta de que estaba ahí.
Es ahora, viéndolo en la distancia, cuando me maldigo por no
percatarme de la fina capa que se posaba sobre mí día tras día. No me di cuenta
de que dejé de escuchar música. No me di cuenta de que dejé de cantar. No me di
cuenta de que dejé de sonreír por cualquier cosa.
Y cada noche intento frotar esta capa que me envuelve y no
acaba de irse. Y a veces lo consigo. Pero a veces no. And so it is.
Es uno de mis primeros recuerdos. Siempre
me acercaba corriendo a aquella casa extraña, grande, recién salida de uno de
mis cuentos. Saltaba la valla y miraba los pájaros. No me sabía ni la mitad de
sus nombres, pero me daba igual. Los miraba unos minutos, me recreaba en
aquellos que más me gustaban y después... ¡¡después corría!! El frío en la
cara, en la boca, en los pulmones. Las hojas crujiendo bajo mis pies. El calor
de la bufanda, el abrigo, las manoplas. Correr alrededor de la casa de los
pájaros era lo único que merecía la pena en el mundo. Correr sin parar, sin
pensar, sin motivo, sin descanso, para siempre.
Lo bueno de tener un blog muerto es que, al cabo de dos años, ya nadie entra por aquí. Lo bueno de no actualizar nunca es que un día, cuando lo necesitas, la vía de escape que tenías hace tantos años, sigue esperándote.
Cada día tengo una nueva razón para estar triste, y una nueva para sonreír. Cada día me encuentro más sola y más acompañada al mismo tiempo. Pasan los años y descubro sonrisas nuevas, mientras que otras tengo que mantenerlas en el mundo de lo que un día fue y ya nunca volverá.
Tengo miradas en mi recuerdo, miradas que nacieron solo para mí. Tengo palabras que aparecen cuando las necesito, y pensamientos que siempre van camino de mi casa. Tengo muchas cosas, incluso vacíos que nunca se llenarán y palabras no dichas. Pero desde hace tiempo no tenía sensaciones. Se me escurrieron entre los dedos igual que se me escurrió el tiempo.
Y cierro con cuidado la puerta, mientras intento mantener la ventana abierta. Pero veo los nubarrones al fondo, y no sé si llegará la tormenta y tendré que cerrarla hasta que escampe. Y las nubes me dan miedo. Porque las chungas a veces también tenemos miedo, lo único que nos diferencia de los demás es que sabemos esconderlo mejor.
Pero cierro los ojos y veo mi colección de sonrisas, y miradas, y pensamientos… y me canto mentalmente sin embargos mezclados con lucías, cantos en los dientes y no puedo estar sin ti, y la angustia abandona mi casa por un segundo.
El otro día quedé con la gente con la que estudié hace… ¿10 años ya? Dos de las chicas están embarazadas y otra de ellas nos contó que se casa, así que, sin poder evitarlo, una de mis amigas se volvió y me preguntó: “¿y tú qué? ¿no tienes nada que contar?”.
Hoy me llamó una amiga con la que hacía meses que no hablaba. Ha aprobado unas oposiciones y al final de la conversación llegó la fatídica pregunta: - “¿Y tú qué?” - “Yo… igual que siempre, no tengo nada que contar.”
Y lo cierto es que no, no tengo “nada que contar”. Pasan los días y todo es más o menos igual: me levanto, trabajo (a veces más, a veces menos), como, trabajo, salgo a tomar algo o a comprar, vuelvo a casa, mi bola de pelo blanco se planta en mi regazo y fin del día. Los fines de semana voy o vienen, salimos a cenar, a tomar algo, hablamos de todo, reímos, dormimos juntas y el domingo o el lunes por la mañana, nos separamos hasta el viernes siguiente. Y así un día, y otro, y un mes, y un año… y ya van casi cuatro.
Y no, no tengo “nada que contar”. A veces me siento un poco mal por no tener ningún “meganoticióndelsiglo”, ninguna novedad impactante de estas que le gustan a la gente: “¿Y no habéis pensado en vivir juntas?” “¿Y no os vais a casar?” “¿Y no queréis tener hijos?”
¿Por qué todo el mundo hace las mismas preguntas? ¿Es que acaso no estamos “completas” si no hacemos ninguna de esas tres cosas? ¿Y después qué? ¿Se acabaron las novedades otra vez y nos tenemos que inventar alguna?
Noto la sorpresa en los ojos después de mis respuestas a cada pregunta. Y no lo entiendo. No entiendo cómo hemos llegado al punto en el que todo el mundo piensa que hay que seguir una serie de reglas, que hay que hacer una serie de cosas a unas ciertas edades. Ya de entrada, mi pareja no es convencional, es una mujer, igual que yo, ¿por qué entonces debemos seguir la convencionalidad del resto de la sociedad casándonos, teniendo hijos, casa, perro y jardín? ¿Por qué si no contamos algo así no hay nada?
¿Y qué pasa con lo realmente importante? Con lo importante de verdad. Qué pasa con los buenos momentos con los amigos, con las miradas de “no me digas más, sé lo que piensas”, con los besos de buenas noches, con los cafés y las cenas. Qué pasa con tus sonrisas por la mañana, con los desayunos de tostadas con tomate y aceitito rico, con las onomatopeyas, con los cafés del Starbucks, con las bromas privadas (las de dos, como en la canción), con los bailes en la cocina, con los planos de casas nuevas, con los viajes por media España (y lo que te rondaré, morena), con los ataques de risa que no podemos parar, con las pelis con sofá, manta y gato, con tu calor cada noche (estés o no estés).
Qué pasa con aquello que no se puede contar y que realmente da la felicidad.
Voy a cumplir 35 años en unos días. Viviremos juntas cuando podamos, no queremos tener hijos y no nos casaremos (aunque estoy intentando convencerla de que Las Vegas sería divertido). Puede que parezca que no tengo nada que contar, pero si empezara no pararía.
En el cerebro existe un grupo de células nerviosas encargadas de producir dopamina, un neurotransmisor esencial para el control de los movimientos y la transmisión del impulso nervioso. Estas neuronas se agrupan en una estructura denominada sustancia negra -por tener un color oscuro en los cadáveres-, que se sitúa en los ganglios basales.
Las neuronas de la sustancia negra de los sujetos con esta enfermedad, mueren antes de tiempo sin ser sustituidas por otras nuevas. Cuando desaparece el 50 ó 60% de estas células de esta zona comienzan a hacerse evidentes los primeros síntomas: temblores, rigidez o dificultad para la marcha o el mantenimiento de la postura.
La distancia siempre es relativa. Puedes estar a diez mil kilómetros y sentirte a mi lado. Puedes estar frente a mí y notarte a años luz. La distancia no debería medirse en algo tan tangible como una vara conservada en un museo. La distancia no tiene nada que ver con números sino con sensaciones. Debería medirse con palabras no dichas, preguntas no hechas o abrazos no dados. Debería medirse por silencios, por tristezas, por angustias. Por detalles no recibidos, por esperas, por desilusiones. Suspiros, lágrimas, añoranzas.
Todo sería más fácil si pudiéramos medir las distancias que realmente importan. Imagínate que se pudiera tener un aparato con el cual pudiéramos saber cuántas no-palabras, no-preguntas y no-abrazos nos separan de alguien a quién queremos. Imagínate que pudiera meter tu nombre y me dijera que me faltan exactamente cuatro silencios para perderte definitivamente.
Pero no existe… ¿Cuántos silencios me quedarán? ¿Cuántos abrazos frustrados? ¿Cuántas cobardías?
Sé que te gustaría que fuera más expresiva. Sé que a veces, en días como hoy, lo necesitas... pero es que yo, para expresarme, sólo tengo la música... ¿Bailas?